Viaje en carretera o de cómo conocimos un poquito de Portugal

Un día los cables se cruzaron y cuatro chicos universitarios mexicanos organizaron un viaje para conocer el país vecino del que habitaban brevemente.

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Estimado lector, lectora: Esta anécdota es única y espero que no tenga que experimentar ciertas cosas de lo que a continuación se narra.

¿Suena a qué va a ser una aventura épica? Bueno… algo así. Si involucra dormir en un auto, hurtar mandarinas de los patios ajenos, entonces sí… puede que para algunos esto haya sido una aventura épica.

No sé cómo ni cuándo, pero un día resolvimos que iríamos a Portugal. Era un razonamiento que obtuvimos de la conversación con algunos otros compañeros de la universidad, que al igual que nosotros estaban en Salamanca por estudios. En realidad es algo lógico… estar tan cerca de un país y no darse la oportunidad de visitarlo, era desde nuestra perspectiva… algo así como un desperdicio. De las vivencia de otros también decidimos que lo que más nos convenía era alquilar un vehículo y hospedarnos en el auto… pero ¡cuidado! “Erick dijo que sí te ven los policías, te multan”. Total que ni tardos ni perezosos elegimos el periodo para ir: Un fin de semana de febrero, en vísperas del regreso a nuestro bello país.

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Varios de nuestros amigos igual habían ido a visitar La Covatilla, que es un sitio para hacer esquí y la oportunidad para los sureños de conocer la nieve. Conocer la nieve era algo así como nuestro máximo en el viaje, pues viviendo en el sur de México (y dadas las actuales condiciones climáticas) era muy probable que no tuviéramos otra vez la oportunidad de verla. Entonces decidimos además, pasar a esa estación de esquí rumbo a Portugal.

Justo el invierno durante nuestra estancia fue algo dificultoso, porque se presentaron muchas lluvias y vientos fuertes. Algo de esto nos había tocado en paseos anteriores, pero en ese viaje a Portugal nos provocó ciertas complicaciones.

Salimos de Salamanca, y para cuando llegamos a La Covatilla no pudimos ni bajarnos del vehículo porque el viento llevaba una velocidad impresionante. De hecho nos arriesgamos a subir justo a la estación, a pesar de que habíamos visto un letrero que decía que estaba cerrado y se prohibía el paso (YOLO).   No fuimos a nada más que pasar miedo; porque para colmo mi madre me había contagiado de miedo a la montaña y mi padre me ha hablado de los accidentes viales en situaciones climáticas extraordinarias. Tengo que señalar que quizá mi temor era quizá justificado porque mis tres compañeros estudiaban ingeniería ambiental… y en sus caras no vi precisamente certeza de que fuera seguro bajarnos y jugar como niños pequeños con la nieve… o tan siquiera tomarnos una foto. Y para mí sus expresiones eran reflejo de sus amplísimos conocimientos científicos.

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La Covatilla, Sierra de Béjar, España

Gerardo abrió su puerta. Una ráfaga de viento conmocionó a los pasajeros dentro del vehículo que se movió por la acción del viento. ¡No, yo no me bajo ni aunque me obliguen!  No, nadie me obligó. Y no fue necesario, nadie se quiso bajar y nadie lo hizo. Ni siquiera por dignidad o en algún arrebato de osadía los tabasqueños pasajeros de ese vehículo nos animamos a tocar la nieve que yacía escasos diez metros de nosotros. Decidimos descender de la montaña y así visitar de paso un pueblo cercano a la estación de esquí, ya esto habla de la sensatez que empezaba a volver a nosotros.

Béjar es un municipio de Salamanca, anduvimos deambulando por sus calles un rato, ¡y es que su casco histórico sin duda es una belleza arquitectónica de tipo medieval! Luego de andar por el centro de Béjar, emprendimos el trayecto rumbo a Lisboa con la precaria ayuda del google maps (que en ese entonces no servía sin conexión a internet).

Honestamente, no sé cuántas veces nos perdimos. No llevábamos un mapa bien explícito de los caminos, y paramos en varias ocasiones para poder intentar ubicarnos con las capturas de pantalla del mapa y la ruta que debíamos que tomar. Hubo momentos de desesperación y angustia, pues anochecía y no parecía que nos estuviéramos acercando a la capital de Portugal.  “Regresemos a España” llegué a pensar. Pero estábamos seguros que íbamos justo en la mitad del camino, regresar a Salamanca o parar para dormir en la carretera era una idea descabellada para el avance que teníamos y  sin duda también un poco peligroso.

Nuestro corazón dio un vuelco cuando finalmente dimos con las indicaciones correctas y empezamos a ver puentes, luces, “civilización”. Llegamos a Lisboa entrada la noche, y aparcamos el vehículo alquilado/ hostal para poder ubicarnos un poco, decidir dónde iríamos y qué visitaríamos. En ese momento no nos aventuramos a visitar algún sitio pues ya era muy noche y estábamos cansados. En el lugar donde aparcamos, decidimos dormir ahí mismo, dentro del vehículo. No recomiendo hacer esto a nadie. A mitad de la noche, desperté con la sensación de que me faltaba el aire… noté que estaban arriba todas las ventanas del vehículo y que se veía muy empañado. Bajé un poco la ventana y la sensación se fue y pude volver a dormir. Al despertar, coincidimos en que los cuatro habíamos experimentado esa sensación. Un error que no volveríamos a cometer en las dos noches restantes.

Para asearnos un poco, nos dirigimos a la biblioteca municipal Orlando Ribeiro. La verdad es que es una de las bibliotecas más lindas, acogedoras y cálidas de las que he visitado. Allí hicimos vida un rato y luego, con las caras recién lavadas, nos encaminamos con mapa real (papel y dibujos) en mano y nos dirigimos al Acueducto de las Aguas Libres, cuya extensión es de 58 kilómetros y es considerado uno de los monumentos más bonitos de Lisboa. Después de caminar alrededor de una hora, nos detuvimos un rato en Avenida Brasilia para contemplar el Puente 25 de abril. El puente, que en todo momento te recuerda al famosísimo Golden Gate, es exclusivo para el paso de automóviles. Su extensión es de 2, 2 kilómetros. Caminando un poco más sobre esa avenida, es posible divisar por sus 56 metros de alto el Monumento a los Descubrimientos, construido para memorar 500 años de la muerte del explorador, Enrique El Navegante. Después visitamos la torre de Belem, pero por la hora no pudimos acceder, además el viento hacía imposible tomarle una foto a esa obra de la arquitectura manuelina. Tomamos autobús y metro. Regresamos al sitio donde habíamos aparcado el vehículo, cerca de la biblioteca municipal Ribeiro.

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Acueducto, Lisboa

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Puente 25 de Abril, Lisboa
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Jardín de Belem, Lisboa

A la mañana siguiente, fuimos al parque Eduardo VII, cuya construcción se realizó en honor al monarca del Reino Unido. Desde lo más alto del parque se contempla la Praça Marquês de Pombal y el rio Tajo al fondo de la postal. Siguiendo por Avenida dos Combatentes llegamos a la Plaza de los Restauradores que evoca la liberación de Portugal de España.

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Vista desde el parque Eduardo VII, Lisboa

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Plaza de los Restauradores, Lisboa

Desde el mirador das Portas do Sol tuvimos una vista privilegiada de la bella ciudad y sus alrededores. Entre el ritmo y esa calidez latina, concluimos la visita turística de Lisboa en Plaza del Comercio, que históricamente fue la puerta de Lisboa y puerto de barcos mercantes frente al río Tajo.

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Mirador das Portas do Sol, Lisboa

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Catedral de Lisboa

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Plaza del Comercio, Lisboa

Por la tarde marchamos hacia Fátima, y llegamos ahí ya cuando obscurecía. Para entonces ya arreciaba la lluvia, y la temperatura bajaba. No sé por qué se nos ocurrió salir bajo la lluvia para ver el Santuario de noche, regresamos al auto empapados y sin manera de secarnos propiamente. Ha sido la noche en donde he pasado más frío en mi vida, no pude pegar el ojo. Quizá debido a eso, mi experiencia ahí no fue la más placentera…

En realidad, nos quedamos en Fátima y visitamos el Santuario de Fátima por la mañana… supongo que si uno es muy religioso, ¡la visita a ese lugar debe ser increíble!, pero desafortunadamente, llovía a cántaros, y ni siquiera pude apreciarle en el sentido antropológico. Concluimos que el sitio no era para nosotros, y emprendimos la huida. Agregamos de último momento a Coímbra como destino de paso, y con la lluvia cediendo un poco, bajamos a conocer a la ciudad que alberga una de las universidades más antiguas de Europa.

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Santuario de Fátima, Portugal

Coímbra nos recibió cálidamente, sus calles se encontraban tranquilas, como si sólo estuvieran dispuestas a ser camino de nosotros. En múltiples ocasiones, vi algunos árboles en plena vía pública cuyos frutos parecían ser naranjas o mandarinas (que son mis favoritas), pero al probarlos tenían un sabor muy ácido… más como la naranja agria tabasqueña. En las mismas múltiples ocasiones, salía decepcionada.

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Coímbra, Portugal

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Visitar Coímbra fue totalmente improvisado, pero en cuanto estuvimos en un mirador con vista a la ciudad… el remordimiento de no haber pasado más tiempo allí nos invadió a todos. Hasta hoy en día, sigo pensando que debe de ser un placer vivir un periodo en esa ciudad portuguesa. Para cuando fuimos a visitar la antigua sede de su universidad, la lluvia comenzaba a intensificarse.

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Agotados de tanta humedad, decidimos que era hora de volver a Salamanca. De camino al carro, divisé un arbusto cuyos frutos de color naranja me hicieron animarme a entrar a un patio de un restaurante para probar mi suerte o que me acusaran de invasión a la propiedad ajena… tomé un fruto y salí corriendo. Una vez que quité la cascara, el gajo de fruta me supo a victoria y a el éxito inesperado como el de visitar una ciudad por mera casualidad y disfrutarla ampliamente.

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Hurto de mandarina y triunfo

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Eso fue Coímbra, lo último que vimos de Portugal; un sabor dulzón después de la ácida experiencia de dormir en un vehículo con ropa húmeda puesta y la incomodidad de no tener un descanso propicio. Ese último sabor lo cambió todo, fue como un gran abrazo de la ciudad, de Portugal y de la gente… que a pesar de estar en otro continente, uno les siente con una calidez ampliamente latina.

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Nos fuimos, yo por supuesto, sintiéndome ampliamente triunfadora con mi mandarina hurtada… y el resto de mis amigos con un buen sabor de boca. No sé cómo se nos cruzaron los cables para decidir ir a Portugal, pero me alegro que esa maniobra eléctrica haya tenido tan buenos resultados que se aguardan en los buenos recuerdos.

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