Roma y el tiempo

Coliseo romano
El célebre Coliseo Romano

Las latas de atún con algún guiso evocan un recuerdo que me transporta siempre a mi experiencia como estudiante en el extranjero,  cuando en la aduana y revisión del aeropuerto de una ciudad italiana, un policía le quitó a mis dos compañeros de viaje unas latas de atún con pasta que llevábamos en las mochilas para ahorrarnos comer en la calle. No es secreto tampoco que este tipo de productos está prohibido llevar en una mochila, por reglamentación… pero supongo que las ganas de ahorrarnos dinero nos llevó a desafiar esa norma. Al abrir mi mochila, una lata de atún (una de las sobrevivientes a mi hambre) supo fugarse de la ley al esconderse entre el fondo de la ropa. Mis acompañantes no corrieron con la misma suerte; cuando volteé a ver cómo iba su revisión noté desesperación y congojo en sus caras. Con señas, el policía intentaba explicarles que estaba prohibido llevar las latas en la mochila. “Entiendan que las tengo que arrojar a la basura” explicó en inglés, “¡No!” alcancé a vociferar, escandalizada. Expliqué a mis compañeros cuál era la situación, de inmediato, se les ocurrió que antes de que el policía tirara las latas, nos las comiéramos.  ¡Brillante!.  El policía accedió y Gerardo se apresuró a repartirnos las latas. Devoramos todo. Anonadado… y un poco asqueado nos observó el policía. Aquello debió de haber sido un espectáculo para él. Terminamos y arrojamos las latas vacías en la basura. Quizá esta anécdota es una metáfora de la vida y de las oportunidades, del esfuerzo y del valor de las cosas… pero también es una gran moraleja,  si también eres estudiante y estás viajando con poco presupuesto: si llevas atún en lata en tu mochila para ahorrarte comprar comida en alguna visita turística, asegúrate de llevarla bien camuflada, o bien haz espacio de dos días sin comer para atragantarte antes de que las tiren a la basura en el aeropuerto.

Llegamos a Roma el penúltimo día del año. Nos hospedamos en un hostal que poco miramos, ya que llegamos muy entrada la noche y despertamos temprano. ¡Hay tanto que ver en la capital italiana como su misma historia! No te puedes dar el lujo de dormir a tus anchas (en especial si sólo vas a estar un día).  Antes de las nueve de la mañana ya estábamos viendo el foro romano. Después, nos dirigimos hacía el famosísimo Coliseo romano. Fuera de éste, unos gladiadores atraían a los turistas para hacerse fotos con ellos. El alboroto era tremendo para la fila de entrada a una de las maravillas del mundo, pero si uno tiene el tiempo, vale totalmente la pena.

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Roma es la ciudad con más bienes históricos y arquitectónicos del mundo, por eso era imposible para nosotros verlo todo, aunque hicimos lo posible. Como en  anteriores ocasiones, armamos un itinerario del día completo. Posterior al Coliseo, seguimos a la multitud de visitantes a la Colina Capitolina y luego al monumento a Plaza Venecia.

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El Tíber fue nuestro acompañante en el camino por localizar un sitio que se adecuara a nuestras posibilidades económicas. Llegamos a Trastevere, uno de los barrios más sonados de la ciudad por su encanto meramente acogedor y bohemio. Allí se encuentran olores y sabores típicos de la cocina italiana. Por una no exorbitante cantidad, pudimos probar un pedacito de Roma en ese barrio.

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De Trastevere y sus encantos, nos dirigimos hacía un país que se encuentra dentro de esa grandiosa ciudad; El Vaticano es el lugar donde se encuentra la máxima institución de la iglesia católica y el microestado europeo cuyo jefe de estado es el Papa. En la ocasión de nuestra visita no nos adentramos en el Vaticano, lo cual es una lástima dado que más allá de su  importancia política y religiosa, en los adentros de la Ciudad del Vaticano existen obras de arte imperdibles y reconocidas mundialmente.

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Según la leyenda tradicional, quien quiera regresar a Roma tiene que arrojar una moneda en la Fontana di Trevi. Este símbolo de la ciudad es siempre concurrido por turistas y es una verdadera proeza lograr tomarse una foto en donde no salga la cara de un desconocido a tu lado. Aun así, nosotros nos dimos un pequeño lujo, observando sin emitir una palabra la belleza arquitectónica de esa fuente.

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Cayendo la noche, nuestro plan incluía deambular por el Coliseo romano para recibir allí el año nuevo. Así lo llevamos a cabo, siendo testigos de los fuegos artificiales que iluminaban el cielo opaco y de la alegría de la gente que había en las calles. Cerca del coliseo, ofrecían un concierto al aire libre e hicimos un diminuto festín con frituras y coca-cola. Aguardamos ahí hasta que era hora de ir por nuestras maletas y regresar a la ciudad donde habíamos estado estudiando durante un par de meses.

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Caminar por Roma, es viajar en el tiempo. Es observar los monumentos, edificios y restos de una ciudad que ha sido escenario de múltiples historias. Los vestigios están ahí para recordarnos las historias de política, arte, arquitectura y cultura que la humanidad ha depositado allí. El tiempo se detiene allá, en instantes entre el acelerado ritmo de la urbe italiana.

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