Sabor de otro continente

En realidad, uno no asimila diariamente qué tanta influencia cultural tenemos de otras regiones del mundo hasta que va a esos sitios y se da cuenta que la historia se palpa en esas similitudes.

Al llegar a Chefchauen, en la región de Tánger- Tetuán de Marruecos, la primera vista que tuvimos fue de una pequeña feria montada con juegos mecánicos en una plaza. Los colores vivos de las lonas que cubrían a éstos, hizo remembranza de las propias lonas que cubren los puestos de frituras, comida rápida, antojitos y demás que existen en los puestos ambulantes del colorido México.

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Chefchauen, Marruecos

Por su historia, esta ciudad marroquí tiene influencia arquitectónica andaluza. Cuando nos adentramos a La Medina, fue un festival colorido para la pupila; las casas con teja roja y paredes pintadas de azul, techos altos, callejones estrechos, balcones enrejados y corredores amplios forman parte de la arquitectura del lugar.

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La ciudad, bajo la llovizna

En la visita a Marruecos seguimos un itinerario ya establecido por el paquete que adquirimos, así que en realidad, no nos aventuramos a explorar más allá de los límites que consideró la agencia eran suficientes para hacer turismo. A pesar de esto, en Chauen disfrutamos enormemente de los callejones empedrados, del barullo de los tenderos que ofrecían a todos los turistas y locales su mercancía. Alguien, antes de viajar, nos recomendó: “Si van a comprar en La Medina, que no les escuchen hablando inglés, porque les van a dar precio de estadounidense. Mejor digan que son mexicanos, les caemos mejor y te dan más barato el producto.” Al principio, yo creí que esa recomendación era mero sentimiento anti- yankee de quién nos lo compartió; pero algo extraño pasó, entramos en un puesto de carteras de cuero, aretes y suvenires con unas chicas estadounidenses, ellas preguntaron el precio por un objeto y luego una de mis compañeras de piso preguntó por el mismo, pero en español… el precio se abarató cuando lo preguntó la mexicana. Actuando como verdaderos tacaños, logramos deshacernos sutilmente de la compañía de las chicas estadounidenses  y entrábamos a los puestos hablando casi casi de chiles, fútbol, nopales y telenovelas, por si no quedaba claro de dónde veníamos. “¡Ah, México!” decían los comerciantes con una sonrisa “¡Cuauhtémoc Blanco!” y el único chico de mi grupo de compañeros de viaje sonreía y respondía a esto, con otros nombres de futbolistas de otros equipos que no fueran del América.

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Para emular el poder de dios y alejar a las moscas, dicen los guías de turistas que este sitio está pintado de diferentes tonos azulados. 

En la visita a esta ciudad azul, tuvimos la oportunidad de probar un poquito de gastronomía marroquí. Devoramos platillos y extrañamos tanto el hogar cuando las especias se deshicieron en nuestros paladares, y creo firmemente que debido a que básicamente los mexicanos comemos tan guisado casi todo el tiempo, nuestros estómagos fueron los campeones en resistencia a los condimentos que sazonaban nuestras deliciosas comidas durante la estancia en el país.

Quizá he dicho en muchas ocasiones que ir a Marruecos después de estar sin comer hartos condimentos  por un tiempo fue como probar el cielo… ¡Pero es que en verdad así fue! El famosísimo cuscús nos encantó por el color, su sabor a otra tierra y su rico olor… probamos un pollo que se parecía tanto a uno que guisa mi abuelita: frito con arroz y papas. Para los cuatro mexicanos en ese grupo de viaje, ese viaje fue maravilloso porque comimos en abundancia y rico. Y ahí si aplicó el dicho “el amor entra por el estómago” porque regresamos a casa enamorados del lugar.

Atrás dejamos la anécdota de nuestra noche atropellada en Sevilla, y al segundo día de nuestro brevísimo tour, pasamos muy rápido por la Cueva de Hércules en nuestro camino a montar camellos y después dirigirnos a la medina de Assilah, pintada de blanco y con el murmullo de los mercaderes sonando por sus rincones.

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Cueva de Hércules, Tánger
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Al interior de la Cueva, todo tipo de recuerdos para el turista

Antes de regresar a nuestro autobús, decidimos tatuarnos con henna, algo muy popular entre los turistas. Justo cuando subí al autobús me llené de arrepentimientos de no habernos quedado más días en esos lugares, miré mi mano aún con el diseño del tatuaje recién hecho y recordé que los colores de los callejones, los olores a especias y el alboroto de la calle me recordaban a casa y sentí cómo no quería abandonar ese lugar que por breves instantes sacudió fibras emocionales ligadas a la nostalgia.

Cuando la obscuridad lo cubría todo, empezó a moverse el ferry que nos llevaría de vuelta a Sevilla y decíamos adiós a la vasta zona de Marruecos que en esa ocasión, no pudimos explorar, pero que quizá algún día podamos ir a visitar.

VÍDEO: No le digan a mi madre que dormí en un cajero automático: Sevilla y Marruecos

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