Sevilla por una noche

Hasta nuestra estancia de cinco meses en Salamanca, nunca había extrañado el sol y el calor que te acaricia sobre la piel con tantas ansias. Pronto nos vimos atraídos por la idea de buscar un sitio que visitar que nos recordara a casa, tanto como por su calidez, alegría de la gente y sobre todo, ese elemento escondido en el sur, que hace que todo se vea más brillante y colorido.

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Plaza de España

Encontramos un tour a Marruecos, un precio razonable y cubría básicamente lo que queríamos experimentar; ver hermosos paisajes, medinas, saborear de rica comida y adentrarnos en otra cultura. El tour partía de Sevilla por un viernes por la tarde, saldríamos de Asilah y regresaríamos a la capital andaluza un domingo por la noche. Nos iríamos de Salamanca un jueves en el transcurso de mañana a medio día para poder pernoctar en la ciudad más poblada de Andalucía y así aprovechar la mañana del viernes para hacer turismo allí  hasta que fuera hora de partir hacia nuestro recorrido por un pedacito de África.

Como cualquier estudiante becado y viviendo en el extranjero, analizamos nuestras opciones de traslado de Salamanca-Sevilla con sumo cuidado para que nuestros presupuestos se ajustaran a nuestras posibilidades. Decidimos optar por un viaje  compartido en un vehículo cuyo dueño tuviera nuestro mismo punto de partida como de llegada. Así llegamos a Sevilla cayendo la noche, allí ya nos esperaban muy cerca de Plaza España dos compañeros de piso, quisimos (ingenuamente) entrar al afamado conjunto, pero ya era muy noche, y estaba cerrado. Así que quienes habían llegado por la mañana y que incluso habían hecho una reservación en un hostal cerca del Real Alcázar nos sugirieron acompañarlos a dar una caminata, mientras la amiga con la que viajaba y yo decidíamos dónde dormitar por esa noche.

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Puente de Triana por la noche

El cielo nocturno parecía no ocultar misterios o sorpresas entre sus haberes, más tarde analizamos la posibilidad de hospedarnos por la noche en el hostal en el que se quedaban nuestros compañeros, sin embargo, la idea de pagar más de 10 euros sólo por dormir unas cuantas horas en una cama se nos hizo descabellada y altamente dañina para nuestros bolsillos y presupuestos, mi amiga decidió que bajo ninguna circunstancia lo pagaría. “Nos la hemos pasado sin dormir yendo de fiesta toda la noche y hemos estado como si nada a la mañana siguiente, creo que podemos hacerlo una noche por ahorrarnos unos euros”, ese argumento nos llevó a decidir tajantemente que pasearíamos sin problemas durante toda la noche por la ciudad, después de todo, confiábamos en la seguridad de la calle y contábamos que podíamos sobrevivir a un par de horas sin dormir, yendo de aquí para allá tranquilamente por Sevilla. Cuando despedimos a nuestros compañeros quienes se dirigían a su hostal por la noche, empezaba a lloviznar levemente, no le dimos importancia, llevábamos paraguas con nosotras y después de todo, toda la gente que había ido a Sevilla nos había dicho que jamás llovía allí. ¡Error…  grave error!  Más tarde nos daríamos cuenta que Sevilla no tenía planeada para nosotras la visita idílica que teníamos contemplada.

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La Giralda

En realidad no culpo a Sevilla por lo que experimentaríamos a continuación…culpo a mi amiga y a mí, por nuestro impulso de llevar el YOLO a otro nivel, aunque claro, ahora que lo narro, todo me parece extremadamente divertido. Los árboles de naranjas estaban justo frente de nosotras, sentadas en unas bancas que estaban frente a la Fuente de Jerez, empezó a lloviznar poco a poco, se detenía entre ratos. Cuando la lluvia se hizo más frecuente decidimos ir a refugiarnos dentro del espacio que albergaba un cajero automático cerca de donde nos encontrábamos, confiábamos que la lluvia pararía en algún momento… ¡Era Sevilla, absolutamente todos nos dijeron que nos la íbamos a pasar bien con el clima cálido de ahí! Otra vez estábamos equivocadas. La llovizna no paró por un segundo, para medianoche estábamos sentadas sobre el frío piso del cajero, mi amiga fue la primera en mostrar debilidad por rendirse a los brazos de Morfeo. “No, si te duermes incluso por un momento te vas a sentir más cansada, es mejor no dormir nada para aguantar” dije, pero me rogó tanto por una hora de sueño que elaboramos un trato tan civilizado y justo para turnarnos para dormir una hora cada una al cual nadie podría negarse. Ella fue la primera, la hora estaba a punto de cumplirse cuando por las puertas de vidrio del establecimiento vi pasar por primera vez en la noche una patrulla de policías. Podríamos pensar que no debimos tener temor de aquella ronda nocturna de esa patrulla, pero un amigo nos había advertido que una chica (claro, esto podría haber sido una leyenda o no) se durmió en la calle cuando la levantaron los policías para ponerle una multa y llevaron presa por dormitar en la vía pública. Al estar en otro país que no es el tuyo, a veces los temores más irracionales te invaden, fuera o no cierta la historia de la chica, no queríamos correr riesgos, desperté a mi amiga que rápidamente se incorporó. Pasaron los minutos y la patrulla no volvió a aparecer, era mi turno para dormir, extendí el paraguas sobre el piso en un fallido intento de evitar que el piso me rozara con su gélido tacto, porque por supuesto que a medida que avanzaba la noche iba bajando la temperatura. Conseguí dormir lo que sentí fueron 5 minutos, cuando me susurró una voz temerosa que me levantara porque acababa de pasar la policía frente al banco. Rodé un poco y caí de espaldas en la rampa de acceso del banco, me levanté con torpeza, me pare de frente a mi amiga quien empezó a reírse de mis ojos rojos y de mi andar somnoliento como Bambi, estoy segura de que tal espectáculo fue lo que nos salvó de que se nos acercaran los policías a preguntarnos qué demonios hacíamos allí. Mi amiga ya tenía planeada una elaboradísima coartada para justificar nuestra presencia en el banco: “Es que está borracha, sólo entramos a resguardarnos de la lluvia un momento”. Claro que nos iban a creer, la lógica de la borracha funcionaría y lograría conmover a la autoridad de dos chicas ebrias que por supuesto no tenían ninguna intención de delinquir… Afortunadamente no fue necesaria usar tal excusa porque la patrulla siguió su camino luego de que nos levantamos ambas del piso. Nos enfrentábamos a un dilema: ¿quedarse o no dentro del cajero? Fuera, continuaba la llovizna y las bajas temperaturas, dentro parecíamos sospechosas de querer asaltar un banco.

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Torre del Oro

Decidimos salir, quizá si caminábamos encontraríamos otro sitio donde resguardarnos, quizá un bar, un club nocturno… pero a medida que caminábamos descubríamos que no había otra opción, los establecimientos estaban cerrados y no teníamos idea de qué otro sitio nos podía servir para resguardarnos. Resolvimos volver al cajero, sólo que ahora no dormiríamos. El reloj parecía tardar una eternidad para marcar las seis de la mañana, hora en que habíamos acordado vernos con los otros chicos que viajaban con nosotras. Teníamos frío, la llovizna que no dio descanso en toda la noche había también dejado un frío con tintes tropicales.  Nuestra esperanza estaba puesta sobre un Dunkin’ Donuts pero abría hasta las 7:30 de la mañana, para las cinco de la mañana decidimos salir del cajero finalmente y aventurarnos a encontrar alguna cafetería abierta para entrar en calor. En la misma calle donde estaba el hostal de nuestros amigos, estaba abierto un bar de tapas en donde no dudamos en entrar y ordenar un café. Recuerdo tener las manos tan frías que cuando sostuve la taza entre ellas el café rápidamente perdió su calor.

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Av. de la Constitución

Puntual, vimos a nuestros compañeros y nos entregaron las mochilas que nos guardaron por la noche. Brevemente les narramos nuestra pequeña historia y pronto nos separamos nuevamente para recorrer en pares la ciudad (ellos había visto el día anterior lo que nosotras nos faltaba por ver).

La pesadumbre de la noche sin dormir y breves rastros de amenazas de lloviznas nos hacía o caminar muy rápido o muy lento por la ciudad, tampoco íbamos muy animadas. El día estaba nublado y nuestras ganas por hacer turismo se debilitaron significativamente. Cuando llegamos al reconocido Alcázar de Sevilla no pudimos entrar, con un mapa maltrecho decidimos cuáles puntos visitaríamos para no perdernos de lo esencial.

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Palacio de San Telmo

A medida que visitábamos un sitio tratábamos (con lo que nos quedaba de energía) de apreciarlo, sentirlo y vivirlo, pero definitivamente ver Sevilla con un cielo encapotado y desvelada no es lo ideal; los atractivos colores que la decoran se vuelven opacos a la vista de quién está agotado. Los azulejos de las casas, vestigio de su pasado árabe y su valiosa historia son imperdibles, y uno se debe de detener para observar esos detalles que la hacen una ciudad bonita. A pesar de nuestro cansancio; vimos los atractivos turísticos más importantes (y los que nos dio tiempo ver, antes que partiera nuestro autobús del tour a Marruecos), para cuando llegamos a la famosísima Plaza España, éramos dos chicas odiosas, cansadas y hartas del mal tiempo.

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Plaza de España

Por un tiempo estuvimos ampliamente resentidas con la ciudad andaluza… todo lo que nos habían prometido, el sol, el calor, la algarabía… no estaban ahí. Quizá fue muy muy mala suerte, o el hecho que tomamos muy malas decisiones… la primera de ellas fue no dedicar más tiempo para visitar Sevilla.

Sevilla, la de la gente alegre, cálida, de edificios y casas coloridos, merece recorrerla y dejarse llevar por el sonido de las castañuelas, por sus calles llenas de color e historia. Por las luces de la noche, por sus árboles de naranjas y por la Giralda, que se erige imponente en el centro de la ciudad. Espero con ansias el día en que esa ciudad y yo, tengamos una segunda oportunidad.

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