Salamanca: Entre maletas, fiestas y cuadernos.

Siempre que vuelvo en sueños a Salamanca la veo distinta a como en verdad la recuerdo, y despierto envuelta del temor que ese sueño se vuelva verdadero, como si de alguna forma mis recuerdos se fueran a borrar y en su lugar la reemplazaran esos sueños que nunca ocurrieron. Tantas cosas se han dicho de Salamanca; que si es mágica, viva, que hechiza, que hipnotiza, que respira, baila y estudia con la misma alegría, toda a la vez. La realidad es que cada quien la vive de distinta manera y siempre habrá múltiples historias que ocurrieron en ese lugar dispuestas a ser narradas.

¿Cómo llegué yo a Salamanca? Llegué a la ciudad española como muchos chicos y chicas de mi universidad, por una beca para estudiar por cinco meses en la Universidad de Salamanca. Quizá cuando entras a la universidad nadie te dice que estas becas son maravillosas, que necesitas aprovecharlas al máximo, que no las dejes pasar, que te van a brindar una oportunidad magnífica para experimentar y vivir cosas distintas… al menos a mí nadie me lo dijo. En fin, no sólo me fui yo a Salamanca,  de mi universidad nos fuimos 27 chicos de distintas licenciaturas, todos extraños los unos con los otros hasta el momento de abordar el avión que nos llevaría hasta a Madrid, a 9.062,44 kilómetros lejos de casa.

Salamanca
El Río Tormes enmarcando a la Catedral de Salamanca

En la Comunidad Autónoma de Castilla y León, a 214 kilómetros de Madrid (o 2 horas de viaje en autobús) se encuentra Salamanca, una ciudad que cuenta con la universidad más antigua de España, creada en 1218 por Alfonso XI de León. Con sus 148 042 habitantes, la ciudad es una mezcla viva de cultura e historia, que vibra con la juventud de sus estudiantes de todas partes. Sin duda, quién haya tenido la fortuna de visitar tan bella ciudad sabrá que los estudiantes aportan el murmullo nocturno, uno que de extraña manera, sobrevive durante el día y que se convierte en una melodía cotidiana para quienes la habitan.

Llegaron 27 estudiantes mexicanos a Salamanca con motivo de cursar un semestre en la Universidad de Salamanca. A principios de Septiembre, todavía las hojas de los árboles eran verdes cuando alquilamos al tercer día de nuestro arribo el piso que se ubica sobre la avenida de Filiberto Villalobos. El día anterior estuvimos muy desesperados, la mayoría de los compañeros que habían ido con nosotros ya tenían un espacio acomodado, esto era un factor que nos provocaba un poco de ansiedad, aunado al hecho de que dormíamos en una habitación los cinco: Fátima, Ivonne, Gerardo, Palmira y yo. El tiempo apremiaba y necesitábamos un departamento para los cinco que se acomodara a nuestros presupuestos de estudiantes becados y a las recomendaciones que nos habían hecho compañeros que habían estudiado con anterioridad en la ciudad. Cuando llegaron Ivonne, Gerardo y Palmira con la noticia que alguien había accedido a rentarnos su piso se sintió como navidad.

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Nos mudamos cada quién con una mochila y una maleta; una vez instalados, finalmente me permití sentirme en paz como para disfrutar de nuestra estadía y salir a hacer turismo por la ciudad sabiendo que no iba a dormir en la calle (al menos en Salamanca).

Lo primero que siempre me viene a la mente cuando recuerdo el recorrido de casa hacia el corazón del centro histórico de la ciudad son los árboles en la acera que al pasar de los meses irían cambiando el color de sus hojas y posteriormente su cantidad. Luego están las luces, probablemente sea alguna cursilería mía, pero esas lámparas que iluminan Salamanca por la noche tienen un brillo especial. Cálidas y con un tenue fulgor, iluminan el camino de quienes por la noche salen a vivir la otra cara de la ciudad, la que puede ser tanto romántica, tranquila, como la más alocada. Uno tiene que permitirse experimentar en diversos sentidos el ámbito nocturno en esa ciudad.

Probablemente todos hablen de las famosas fiestas que se llevan a cabo en la ciudad estudiantil, yo honestamente no soy la persona más fiestera del mundo, pero puedo dar cuenta de que sin duda hay ambiente para todos los gustos. En la primera semana de nuestra estancia, como buenos mexicanos, un par de compañeros decidieron ser anfitriones de la primera fiesta a la que asistimos en su piso. En ciertas ocasiones llegué a sospechar que el domicilio de la célebre Avenida de Portugal  era conocido por todas y cada una de las personas que conformaban la significativa comunidad de mexicanos que en ese entonces habitaba en la ciudad. En una ocasión, tuve la sensación de que había representantes de cada uno de los países de América del Sur.  Luego de esa fiesta hubo un sinfín de eventos en los diversos bares a los que nos hicimos asiduos visitantes durante nuestra estadía. Beber y hasta embriagarse era posible con menos de $100 pesos mexicanos, y entre las  bromas que hacíamos entre tabasqueños no faltaba la que insinuaba que era más barato mantenerse borracho que comer en Salamanca. Afortunadamente, estoy casi segura que ninguno de mis compañeros tomó esa broma con literalidad.

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La macarena en el piso de Av. de Portugal

Hay diversas actividades por hacer en Salamanca, pero sin duda uno debe de confiar en sus pies como guía para conocer cualquier ciudad. Caminar era mi actividad favorita, cuando salía de mis clases o en las mañanas libres salía a caminar por las empinadas, empedradas y míticas calles y callejones de Salamanca. Ahora de lo que más me arrepiento es de no haber hecho las cosas que va a visitar todo turista, si regresaría a la ciudad, probablemente lo primero que haría es dar un paseo por el Río Tormes (bueno, en verano, claro).  Yo me dedicaba a contemplar la Plaza Mayor, no sé qué me obsesionaba tanto sobre ese sitio, pero me hipnotizaba totalmente, ahora lamento que por estar tan ensimismada no tomé tantas fotos de ésta. Quizá lo que me causaba fascinación era cómo este sitio también cambiaba de noche. Durante el día, la transitaban cientos de personas  de todas las edades, iban de prisa o algunos era turistas que buscaban hacerse una foto en la fachada y durante la noche se llenaba del murmullo de los jóvenes que se citan debajo del reloj para irse de fiesta juntos.

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Plaza Mayor

También recuerdo el frío y el viento. Cuando empezaron a desaparecer las hojas de los árboles frente a mi piso, también empezaron a relucir los abrigos y mis dobles pares de calcetines o las capas de suéteres sobre la ropa. A los del sur no nos costó mucho acostumbrarnos al clima, sin embargo, creo que para Enero ya extrañábamos el calor del sol (sobre todo yo, que padecía terriblemente las clases de las nueve de la mañana cuando hacía un frío de -9° fuera).

Hojitas como yo, con el alma congelada❄️

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Durante la época de exámenes se vacían los bares y clubes, se llenan las bibliotecas. Los mexicanos también nos aplicamos a ese régimen; bajo la advertencia de que si regresábamos a nuestra universidad con una asignatura reprobada nos harían pagar el costo de la matrícula todos mantuvimos las narices en los apuntes durante varios días. Muchos planeábamos invertir algún monto de la beca en viajes por otros países, por lo tanto, nadie debía reprobar y así fue, nadie reprobó. Algunos recibimos las notas con la misma alegría y alivio como si la Selección Mexicana de fútbol ganara un mundial, era un éxito que sabía a gloria. Era un triunfo nacional… o así lo sentí yo.

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Catedral de Salamanca

Entré por curiosidad al google maps para ver qué cosas han cambiado desde mi estancia a la fecha; fue muy triste ver que el café que había en la calle de mi edificio no está, lo reemplaza otro, en el lugar donde había una señora que vendía souvenirs ahora está una óptica. Inmediatamente después, me entró el temor de que mis sueños se hayan hecho ciertos, revisé el archivo donde almaceno las fotos, respiré con alivio. Estaban ahí cada uno de los rostros que recuerdo, cada detalle, cada sensación, cada fiesta, risa, examen, tarea, tarde en casa, celebración, cada comida, cada traste que quemó mi amiga Fátima, cada lágrima de las llamadas familiares los primeros días, cada conflicto, discusión, palabra nueva de otro idioma, confesión, incluso cada aroma y sentimiento. Todos estaban ahí y no habían cambiado. Las personas y las cosas en las fotos seguían ahí, como se mantienen en los recuerdos.

La realidad es que, si volviese a Salamanca no sería igual, sería totalmente distinto, y la historia habría que narrarse de diferente manera, porque las personas y las anécdotas que dotan de sentido a ésta sólo habitan en esos recuerdos. A pesar de todo esto, valdría siempre la pena visitar la ciudad de las fiestas y los tesoros escondidos en edificios históricos, porque sin duda contaría una historia nueva.

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7 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Alberto P Morales dice:

    Excente ejercicio de reflexión, una narrativa que seduce y enamora. Felicidades y que sean muchos más. Tienes en mi un fans más.

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  2. Alberto P Morales dice:

    Hermoso remembranza, una narrativa poética que enamora y cautiva. Considerame un fans tuyo. Eres grande.

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